Entrevista a Clarice Lispector

Caminaba hacia la pequeña casa que se vislumbraba a lo lejos. Los rayos del sol la hacían parecer una especie de recinto sagrado, parecido al lo que describían los griegos cuando hablaban de la morada de los dioses en la cima del Monte Olimpo.

Sentía cómo la ansiedad aumentaba dentro de mí conforme mis pies se aproximaban a la puerta. ¿Quién abriría? ¿Se acordaría de la cita? ¿Querría hablar conmigo? Esta última pregunta me había estado dando vueltas por la cabeza en los últimos días; y es que decían que ella no era una mujer de muchas palabras.

Antes de darme cuenta ya me encontraba frente a la puerta. Toqué dos veces. Lo único que me respondió fue el canto de los pájaros que habitaban en los árboles del pequeño jardín que rodeaba la casa. Toque tres veces más. La respuesta fue casi inmediata. Una mujer con rasgos europeos, y una sonrisa que me decía que sabía perfectamente quién era yo, atendió a la puerta.

No lo podía creer, ella misma había contestado a mi llamado. Me dispuse a presentarme, pero sólo dijo:

- Adelante, tengo preparadas unas cosas para ti.

Estupefacta, la seguí hasta una pequeña sala, dónde se encontraba una colección de bocadillos, al parecer lo que tenía preparado para una joven reportera.

-Nada de lo que pueda decir, no se encuentra allí- dijo señalando una pila de libros empolvados. Eran sus libros, sus artículos, cuentos, reportajes… todo lo que había escrito a lo largo de su vida.

- No parecen haber sido tocados desde hace mucho tiempo- repuse.

- Así es, no me gusta releer lo que escribo. Lo dicho, dicho está. Por favor, toma asiento.

Durante unos minutos nos quedamos en cordial silencio, pero al mismo tiempo me lanzaba miradas calculadoras y conocedoras. Tuve la sensación de que aquella mujer me conocía más de lo que yo, hasta ese momento, lo hacía. Entonces fue cuando me di cuenta que la entrevista que tenía preparada, de nada me serviría. Debía iniciar la cita de forma tal que no se creara un ambiente institucionalizado, de esos plásticos, sabía que si cometía ese error, nada saldría de aquella charla.

- Dicen que usted es una tímida extranjera, que no es nada Brasileña- le comenté.

- Nací en Ucrania, pero ya en fuga. Mis padres pararon en una aldea que ni aparece en el mapa, llamada Tchetchelnik, para que yo naciera, y se vinieron al Brasil, adonde llegué con dos meses. De manera que llamarme extranjera es una tontería. Soy más brasileña que rusa, evidentemente... Cuando tenía catorce o quince años, escribí un cuento y lo llevé a una revista que se llamaba Vamos a leer, me quedé allí, de pie. Yo era lo que sigo siendo, una tímida atrevida. Soy tímida, pero me lanzo. Le di el cuento para que lo leyera y dije: 'Es para que usted vea si lo publica.' Lo leyó, me miró y dijo: '¿Has copiado esto de alguien? ¿Lo has traducido de alguien?' Respondí que no y lo publicó…

- Entonces usted ha nacido para escribir, desde temprana edad le han publicado sus obras.

- "Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra. Amar a los demás es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio."

- Si, definitivamente, pero usted escribe alcanza a capturar la esencia de la vida.

- ¡La esencia de la vida! Qué cosas dices, la esencia de la vida es la Nada. Ojalá hubiese permanecido en la inmanencia sagrada de la Nada. Pero hay una sabiduría en la naturaleza que me hace, después de creado, moverme sin que yo sepa de que sirven las piernas. Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla.

- Bueno, entonces, si escribir es una orden de batalla ¿Por qué no habla también acerca de lo que escribe?

- Porque lo que se habla se pierde como el aliento que sale de la boca cuando se habla y que se esfuma para siempre. Me ocupo de la vida. La gran noche del mundo cuando no había nada.

Después de esto nos quedamos en silencio. Había muchas más cosas que decir, pero el lenguaje me rebasaba. Me mostró la puerta diciendo:

- Me gusta tanto lo que no entiendo: cuando leo algo que no entiendo siento un vértigo dulce y abismal. Yo solo uso el raciocinio como anestésico. Pero soy para la vida directamente una promesa perenne de entendimiento de mi mundo sumergido

Al final de la entrevista me quedé don la sensación de estar frente a una autora inabarcable, a la que debemos volver una y otra vez para intentar una comprensión m{as completa de esta persona sensible, angustiada con el hecho de no saber por qué vive, que creó una obra acerca de ese no saber.

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